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Los dictadores, Egipto y la Revolución

19/02/2011

El uso arbitrario y a conveniencia del término “dictador” me irrita mucho. Según los liberales, Chávez es un dictador porque es “autoritario”, pero Bush es un ejemplo de manejo democrático; Cuba es una dictadura porque hay partido único, pero Egipto es un aliado y amigo estratégico; USA tiene la democracia perfecta, pero allí vota menos del 30% de la población (y asesinaron a tres presidentes).
¿Y cuáles son los parámetros para medir el grado de “autoritarismo” de un presidente? Usan el término discrecionalmente según les guste o no el mandatario/a en cuestión. Y en realidad lo que deberían decir es que lo que les molesta no son los modos del gobernante, sino que aplica políticas de equidad y justicia social.
Hace más de 20 años que no se usa el término “dictador” para referirse a un gobernante de derecha. A Mubarak, por ejemplo, jamás le dijeron dictador porque era un chupamedias de USA. El sistema electoral en Egipto es exactamente igual al de Cuba (partido único), pero a Egipto USA jamás le hizo un bloqueo, porque Egipto es un alumno obediente, aplicador compulsivo de las recetas neoliberales del FMI.
(Al respecto, es interesante la contratapa de Página/12 del 19/02/11 de Sandra Russo.)
Los medios hegemónicos (y sus repetidores compulsivos) unos hipócritas: se rasgan las vestiduras en nombre de un supuesto amor a la democracia, cuando en realidad lo que los horroriza es que les toquen la quintita y que los negros vayan al Conrad.

Pero, además, quiero agregar que todas estas apreciaciones sobre la libertad y la calidad vida (¿o calidad de consumo?) son hechas desde la óptica sesgada de la clase media.
Si en Cuba no hubiera comunismo las personas no serían “pobres con internet” o pobres con la libertad de viajar al exterior. Serían como la inmensa mayoría de los pobres de América Latina: desahuciados, seres esperando morir por desnutrición y enfermedades evitables, sirviendo de mano obra esclava en las multinacionales, de juguetes sexuales de los poderosos o de conejitos de india para los laboratorios. Si se sale un poco del tupper podemos ver que el verdadero logro de la Revolución Cubana fue eliminar la desnutrición, los muertos de hambre, los muertos por enfermedades evitables. En síntesis, terminar con la desigualdad.
La Revolución no es para beneficiar a los medio pelo como nosotros, y mucho menos a los oligarcas. La Revolución existe para terminar con casos como los de Salta o Tucumán, con los muertos por Chagas o Cólera, con los pobres endémicos por analfabetismo consuetudinario. Si se aplicara hoy en Argentina ese sistema las clases medias y altas perderían seguramente mucho, no hay duda. Pero los millones de excluidos y olvidados del sistema ganarían mucho más: ganarían dignidad y vida. Y, personalmente, yo creo que eso vale pena. Firmo donde sea el cambio de las cremas importadas por comida para todos; el cambio de comer lo que se me ocurra por una salud de calidad para todos; el cambio de el home theater por una educación de calidad para todos…
Por supuesto que esas medidas se oponen quienes se verían desfavorecidos (que son los favorecidos actuales del sistema capitalista). Y en la lógica perversa del sistema solo ese grupo de privilegiados es escuchado, y se convierten en la voz única disfrazada de un confuso colectivo “la gente”, que ignora flagrantemente a los millones que sí apoyan y acuerdan con la revolución y sus aliados (p. e., el 60% que vota a Chávez en Venezuela, el 50% que apoya a Cristina acá…). Las chicanas preferidas para atacar a los sistemas más de izquierda son las del dictador y la de la corrupción. ¡Cómo si la corrupción no fuera un problema generalizado mundial! Afecta tanto a los sectores públicos como privados en el mundo entero, sin embargo solo se la señala cuando se la encuentra en los estados que no son de derecha. El caso típico es el endiosamiento de las privatizaciones con el argumento de una supuesta ineficiencia y corrupción de las empresas del Estado, mito perimido por la experiencia de los ’90, que demostró que las empresas privatizadas funcionan igual de mal, con más corrupción, por un precio mayor y con menos derecho al reclamo.
Creo que, a la hora de evaluar proyectos de país, es necesario romper con el individualismo, y asumir que mientras haya excluidos en el sistema no podremos tener un mundo mejor.

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